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Dependiendo del Señor
30-01-2010 - Antonio Sellés
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)
Recientemente, debido a una molestia que venía sintiendo en la boca del estómago y que posteriormente derivó en dolor de pecho tuve que permanecer ingresado en el hospital durante varios días; días que me sirvieron para meditar sobre la fragilidad del ser humano.
Nunca antes había estado ingresado como paciente en un hospital, ni había montado en una ambulancia y menos aún tendido sobre una camilla. Fue mi primera experiencia de este tipo, esperando si Dios quiere que sea además de la primera, la última.
Durante las mas de 12 horas que permanecí prácticamente aislado en la sala de observación, constantemente me preguntaba que hacía allí, que aquello no podía estar pasándome a mí, que debía ser un sueño del que quería despertar lo antes posible.
Desprovisto de toda mi ropa, de mi reloj, de mi teléfono móvil, hasta de mi anillo de casado, y también de parte de mi dignidad; vestido solamente con un simple y gastado camisón azul, me sentía indefenso y muy vulnerable, sobre todo al no saber que era lo que me estaba pasando; la verdad es que por primera vez en mi vida sentí miedo a lo desconocido.
Angustiado, repasé mentalmente si había hecho algo mal o había cometido algún pecado involuntario, y no encontré nada de lo que pudiera arrepentirme; así que clamé al Señor preguntándole que era lo que estaba pasando, pero al no recibir ninguna respuesta, dejé de preguntar y opté temeroso por esperar en Él. Recordé aquellos salmos de David, en los que también angustiado, a veces enfermo, perseguido o en peligro de muerte, clamaba al Señor para que le librara de la situación en la que se encontraba.(Salmos 6:2-7) (Salmos 102:1-5)
Oré mucho, incluso derramé a escondidas, algunas lágrimas.
Mi familia, mi esposa y mis tres hijos, incluso algunos miembros de la congregación a la que pertenezco también se encontraban orando en una sala del hospital, a la espera de resultados.
El resultado llegó y era que estaba sufriendo un infarto, ¿un infarto yo?, ¡Imposible! Alguien que no padecía de hipertensión, ni de colesterol, sin antecedentes familiares, no fumador, sobrio en la alimentación, deportista durante años, creyente y por lo tanto hijo de Dios. No podía creer que algo así me estuviera sucediendo. Era un sueño del que debía despertar lo antes posible.
Pero no era un sueño, varios cardiólogos llegaron a la conclusión de que debían realizarme un cateterismo, para desatascar una arteria que se encontraba totalmente obstruida. Fue la primera vez que oí la palabra cateterismo, explicándome su significado una de mis hijas licenciada en medicina.
Mi mente aún seguía sin aceptar la realidad de lo que me estaba sucediendo, pero cuando tendido sobre la mesa del quirófano totalmente consciente, el cardiólogo procedió a intervenirme, mi actitud cambió, pensé que había llegado mi hora y me sentí avergonzado ante el Señor, fue como si le hubiera fallado en algo pero que no sabía en que; me sentí como si no hubiera sido lo suficientemente fuerte para Él, físicamente hablando y me hubiera dejado vencer por la enfermedad.
Hasta ese momento, nunca había pensado en la fragilidad del cuerpo humano (y menos aún la de mi propio cuerpo) y del poco control que tenemos sobre él; sentí lo que nunca antes había sentido, su total independencia (la del cuerpo) a nuestra voluntad y sentidos. Sobre todo, al tener que depender totalmente de la pericia de los médicos que en esos momentos me estaban atendiendo. Aunque en mi condición de hijo de Dios, puse en manos del Padre mi situación y todo lo que estaba aconteciendo en esa sala.
En verdad que hubo momentos en que llegué a estar convencido de que había llegado mi hora; que mi tarea había terminado y había llegado el momento de partir, sin sentir ninguna alegría por ello, sino todo lo contrario.
Todos estos pensamientos llenaban mis ratos de soledad, y con temor y reverencia me dirigía al Señor en oración, pidiéndole que me sanara y me librara de la muerte. Seguía sin saber porque me había ocurrido esto a mí. Llegando incluso a pensar que podía tratarse de un ataque en toda regla de nuestro adversario, opinión compartida por varias personas cercanas a mí. (1 Pedro 5:8-9)
Recordé en unos de esos momentos las palabras que me dirigió mi esposa en su primera visita al verme tan decaído, “Antonio, no tengas temor, Jesús tiene el control” (Mateo 28:18) palabras que me hicieron reaccionar y cambiar de actitud. Ya que de estar abatido y sentir pena de mí mismo, llegué a tener la certeza de que el Señor estaba al tanto de la situación. Recordando además, la palabra profética que en su día recibí del Señor y que solo se había cumplido en parte, quedando aún muchas cosas por cumplirse.
A los pocos días, pude regresar a mi casa, recomendándome el cardiólogo que podía reanudar mi vida con normalidad. Mi recuperación había resultado satisfactoria.
Convencido de que, con las palabras de aliento que me dirigió mi esposa, fui liberado del temor, de la enfermedad y de la muerte, tuve que pedirle perdón al Señor por haber dado paso a un espíritu de temor y de duda, al olvidar todas y cada una de las promesas hechas a sus hijos. (Salmos 27:1) Bendiciéndole y dándole las gracias al salir del hospital, por poder sentir de nuevo el calor del sol sobre mi rostro, y poder respirar el aire salobre de mi mar Mediterráneo. (Salmos 103:1-5)
También le pedí disculpas a mi hija, por no haber hecho caso a su recomendación que como médico, al aparecer los primeros síntomas de la enfermedad, me hizo; alertando además de la situación que intuía a su madre (mi esposa), y que esta a su vez alertó a nuestro hijo , llegando este, casi obligarme (en el buen sentido) a acompañarle a la admisión de urgencias del hospital, cuando mi intención era la de asistir a una reunión esa misma noche y dejar la visita al hospital para otra ocasión.
Y aunque aún sigo esperando la respuesta del Señor sobre mi enfermedad, sé que esta experiencia me ha servido para depender mas de Él. Para apreciar y valorar mas que hasta ahora lo había hecho, todo lo que el Señor me ha dado, esposa, hijos, nietos, amigos, hermanos. Para comprender mas a los enfermos, a los necesitados, a los que sufren, y a todos aquellos que no tienen esperanza. Y para dar a conocer aún con mas premura, a ese Jesús que tanta gente ignora y que siempre tiene el control de todas las cosas.
Teniendo siempre en cuenta la afirmación que hizo a todos sus discípulos:
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. (Juan 16:33)
Ya que si él ha vencido al mundo, sin ninguna duda, ¡¡Jesús tiene el control!!
La Gloria sea siempre para nuestro Dios.