¿Y qué de la fe?

 

De todos es conocido el primer verso del capítulo once   del libro de Hebreos,  en el cual, se nos dice que la fe, es la  completa seguridad de  recibir todo aquello  que se espera,  aunque de momento no se vea.

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (Hebreos, 11:1)

También de todos es conocido lo que el Señor les dijo a sus discípulos, cuando estos le pidieron que les aumentara la fe:

Entonces el Señor dijo: si tuviereis fe  como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería. (Lucas, 17:6)

Al igual que cuando les mencionó que si tuvieran fe y no dudaren, podrían ordenar incluso a los montes que se movieran de su lugar:

Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. (Marcos, 11:23)

Entonces,  la  larga pregunta que muchos nos podemos hacer,  sospechando además,  que   (algunos) ya nos la hemos  hecho, es la siguiente:  ¿Cómo se puede adquirir la fe necesaria,  para poder hacer todo aquello que el Señor dijo que podría hacerse a través de la fe?

Encontrando la respuesta a tan interesante cuestión en el capítulo once del libro de  hebreos, donde se detalla explícitamente, la convicción de vivir conforme a la voluntad de Dios, al haber fructificado en las  personas  mencionadas en esa porción de las Escrituras, la Palabra de Dios.  Y  que, a pesar de que algunas de las cosas que el Señor les había dicho o tal vez revelado,  parecían difíciles de creer,  e imposibles de realizar,   vivieron (al creerlas)  en obediencia a lo establecido por el Señor,  con la esperanza que se cumplieran.

 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. (Rom. 10:17)

Porque la fe es el resultado de que se haya sembrado y fructificado La Palabra de Dios en nosotros, para  que con el  tiempo, con la imprescindible ayuda del Espíritu Santo y según  nuestra capacidad,   sea la fe el apoyo más eficaz  para el desarrollo de  nuestros dones.  Y que al ser además (la fe) un don de Dios,  se convierta en el detonador necesario,   para prácticamente, cualquier  manifestación del Espíritu Santo.

De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe. (Rom. 12:6)

Así que, volviendo (releyendo)  una vez más al capítulo 11 del libro de Hebreos, quisiera puntualizar que la fe,  al haber conocido al Señor,  es todo aquello, que nos invita y nos lleva a  vivir  de tal manera,  que la confianza en sus inmutables palabras (Mateo, 24:35) lleguen a ser la base de nuestro compromiso con Dios, esperando confiados,  en lo que Él dice debemos creer y esperar, por imposible que nos parezca y por encima de cualquier adversidad o contratiempo.

Y  aunque en ocasiones nuestra  fe, pueda flaquear, atorarse  o perderse,  debido a que Dios (a nuestro juicio) no hizo lo que nosotros (a nivel personal)  esperábamos hiciera, esta (la fe)  puede recuperarse si llegamos a entender, que FE (en mayúsculas) es la seguridad de que La Palabra de Dios (tal cual)  se cumplirá (1 Samuel, 15:29) tanto a nivel personal como a nivel  general,  pero siempre  a su debido tiempo; al tiempo de Dios.

Ya que:

Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. (Hebreos, 11:6)

Por lo tanto, intuyo, que de lo que se trata, no es tanto que el Señor nos oiga, sino mas bien, de oír y obedecer a nuestro Dios y Señor.

Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. (Rom. 1:17)

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

 

 

 

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