Comamos y bebamos….

 

Hasta en dos  ocasiones podemos  encontrar  en la Biblia,  la tan conocida  frase: “Comamos y bebamos porque mañana moriremos”.

La primera  de ellas se encuentra en el libro del profeta Isaías, cuando este,  al darles a conocer a los israelitas lo que el Señor le había mostrado en visión, en cuanto a lo que les iba a acontecer debido a sus rebeliones, no le creyeron, y  en vez de arrepentirse y clamar a   Dios por misericordia, organizaron  banquetes al  tomar  las palabras del profeta a chanza:

 Por tanto, el Señor, Jehová de los ejércitos, llamó en este día a llanto y a endechas, a raparse el cabello y a vestir cilicio;  y he aquí gozo y alegría, matando vacas y degollando ovejas, comiendo carne y bebiendo vino, diciendo: Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.

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En Tu luz….

 

Encontramos en el salmo 36, la oda en que el rey David (aunque prácticamente todos y cada uno de los salmos son odas a Dios) asegura que en la luz del creador, veremos la luz:

¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas.  Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, Y tú los abrevarás del torrente de tus delicias.  

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Un toque de Dios.

 

 

En un reciente congreso misionero al que asistí, el presentador y moderador del evento, abrió dicho congreso lanzando al aire, entre otras,  unas palabras que más bien fueron un interrogante   para mí;  estas fueron sus palabras:    ¿Compramos lo que vendemos?

Fue en mi opinión, un reto que  dejó caer, como el que no lo quiere, para que nos diéramos cuenta de lo importante que es vivir todo aquello que enseñamos.

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Padre vuestro.

 

 

Una de las cosas que más me gustan del Señor Jesús (aunque me gustan todas) es que no se mordía la lengua cuando enseñando, ponía los puntos sobre las íes.

Dejó muy claro lo que se debía tener en cuenta  sobre la  tan en boga “paternidad”. Y no sólo para el tiempo que estuvo caminando sobre la Tierra, sino también para nuestro tiempo.

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Guarda tu corazón.

 

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida. (Prov. 4:23)

Oí  decir, no hace mucho,  que el corazón es como un armario en el que guardamos a lo largo de nuestra vida,  infinidad de cosas; y entre ellas,  algunas  buenas y otras malas.  Cosas,  que llegado el momento de abrir  “el armario” nos sorprenden, porque ignorábamos  que aún permanecían en él.

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El Dios exclusivo.

 

 

Una vez que los israelitas ya libres de la esclavitud de Egipto,  alimentados milagrosamente en el desierto con maná, pan del cielo que no conocían y saciada su sed con el agua cristalina que brotó de la peña de Horeb, les  llega el momento de formalizar la relación que a partir de ese día iban a tener con el Dios de sus padres, el   Dios  de Abraham, el Dios de Isaac y  el Dios de Jacob. 

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