Bienaventurados

 

En el evangelio de san Mateo, encontramos al Señor Jesús inmerso   en los negocios de su Padre: Enseñaba en las sinagogas, predicaba el evangelio del reino por las calles  y sanaba toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. (Lucas, 2:49) 

Y al difundirse su fama por toda la región, le trajeron a todos los que tenían todo tipo de enfermedades  y dolencias, incluso a  los endemoniados, lunáticos y paralíticos, sanándoles a todos, y debido  a esto, mucha gente le siguió.

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Con oración y ayuno.

            

 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: 
Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.
Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.
Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!

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La oración, una carta a Dios

Le pidieron a Jesús sus  discípulos, que les enseñara a orar convenientemente. Al ser todos ellos judíos, orar sabían, pero lo que querían era que sus oraciones llegaran a su destinatario, (Juan, 11:42) al igual que llegaban las de su Maestro Jesús.

Así que les enseñó una oración que les sirviera como modelo, para dirigirse a Dios,   El Padre Nuestro:

Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 

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¿Seguidores o Discípulos?

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 
Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

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La Medida con la que (a los demás) Medimos

 

 De  las cosas que más adolecemos los cristianos,   a pesar  de que el mismo Señor Jesucristo, nos advirtió de la necesidad  de que no faltara,  (Mateo, 18:21-22) es de perdón.  Sin embargo de lo que solemos andar muy sobrados, es de juzgar y condenar a los demás.

No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

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