La oración, una carta a Dios

Le pidieron a Jesús sus  discípulos, que les enseñara a orar convenientemente. Al ser todos ellos judíos, orar sabían, pero lo que querían era que sus oraciones llegaran a su destinatario, (Juan, 11:42) al igual que llegaban las de su Maestro Jesús.

Así que les enseñó una oración que les sirviera como modelo, para dirigirse a Dios,   El Padre Nuestro:

Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 

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¿Seguidores o Discípulos?

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 
Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

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La Medida con la que (a los demás) Medimos

 

 De  las cosas que más adolecemos los cristianos,   a pesar  de que el mismo Señor Jesucristo, nos advirtió de la necesidad  de que no faltara,  (Mateo, 18:21-22) es de perdón.  Sin embargo de lo que solemos andar muy sobrados, es de juzgar y condenar a los demás.

No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

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El servir a los demás.

 

Solemos, regularmente, cada sábado por la tarde,  reunirnos para leer, estudiar  y comentar los distintos libros de la Biblia. El último libro que leímos fue  la epístola a los Hebreos.

Durante su   lectura, nos detuvimos a comentar   (entre otras cosas)  la conveniencia   de  dejar atrás (según se señala en dicha epístola) los principios   fundamentales de la doctrina cristiana para madurar convenientemente y seguir  hacia  adelante en busca  de la perfección en Cristo,  y no quedar “infantilmente anclados”, en lo que el autor de la carta llama, rudimentos cristianos.

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