Y los nueve ¿Donde están?

 

 

Menciona Lucas en su evangelio el encuentro  que tuvo Jesús con diez leprosos.  Ocurrió al entrar Jesús en una aldea  entre Samaria y y Galilea, cuando se dirigía a Jerusalén.

De lejos, porque no podían acercarse a la gente debido a su enfermedad, alzando la voz,  le piden  al Señor misericordia para ellos. Cuando Jesús les oyó, sin mediar ninguna palabra más, les dice que vayan y se muestren a los sacerdotes, tal y como estaba establecido en la ley de Moisés,  dando por sentado el Señor Jesús su sanidad. 

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El remanente de Dios.

 

Menciona el apóstol san Pablo en la epístola  a los romanos, haciendo alusión a lo  sucedido  a Elías con los profetas de Baal, que en el tiempo que escribió dicha  epístola,  al igual que en los tiempos de Elías, el Señor se había guardado un remanente de personas  fieles a Él.

“…… ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel, diciendo: 
Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? 

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¿Donde están tus frutos?

 

Durante una conversación telefónica que mantuve hace unas fechas con  un hermano en la fe, me confesó al sincerarse conmigo,  que se sentía culpable  por no haber podido llevar a nadie  nuevo  a su iglesia. Entendiendo (es lo que me imagino)  que se refería llevarlos a  los pies de Jesucristo.  Aunque, después de haberle  oído, tengo la impresión,   de que más bien, le hacían sentirse culpable.

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Jabes y su oración.

 

En la cronología de los hijos o descendientes de Judá, (1 Crónicas, 4:1-23)  encontramos un paréntesis para hablarnos de un personaje llamado Jabes que se nos dice que fue más ilustre que sus hermanos. Asegurando algunos escritores  judíos,  que fue un eminente  doctor de la Ley. Y  que al atraer,  debido a su fama,   a  tantos  escribas a su lado,  llegaron  a llamar Jabes a su ciudad, en honor a él.   

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Temiendo (reverentemente) a Dios.

 

Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.

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Ordena tu casa

 

Estuve recientemente acompañando a un pastor amigo al que habían invitado a compartir La Palabra en una localidad cercana a la mía. Palabra la que expuso mi amigo,  que me hizo reflexionar  sobre la importancia de tener siempre “ordenada la casa” y no me refiero a tener en optimas condiciones de limpieza  y orden,  nuestro hogar. Si no a nosotros mismos,  a la “casa” mencionada en la segunda epístola dirigida a los corintios:

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.

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