Con justo juicio.

En el evangelio de san Juan, encontramos al Señor Jesús “conversando” con unos judíos, que, por haber sanado a un hombre paralítico en día de reposo, (Juan, 5:1-9) sin conocerle, le habían juzgado y condenado:

Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre? 

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Envidia

Me gusta ojear tratados y artículos sobre psicología, y en uno de ellos encontré que a pesar de que las visitas a los profesionales de esta disciplina han aumentado considerablemente, debido al estrés, depresión, ansiedad, tristeza severa e incluso desórdenes o trastornos emocionales, prácticamente nadie acude al psicólogo porque tiene envidia.  Cuando todo ello, en muchos casos, pudiera ser, resultado de la envidia.

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Altares.

Al leer de nuevo en el libro de Esdras, el regreso a Israel de los deportados por el rey Nabucodonosor a Babilonia, setenta años antes, (Jeremías, 29:10) reparé, (captó mi atención) que, una vez establecidos en las diferentes ciudades los israelitas que regresaron a su tierra, (no todos los cautivos regresaron) antes de comenzar a reconstruir el templo, temerosos de que los pueblos vecinos (todos ellos paganos) les impidieran llevar a cabo lo que el Señor había puesto en sus corazones, levantaron y asentaron el altar de Dios sobre su base, para ofrecer diariamente sacrificios sobre él: 

Cuando llegó el mes séptimo, y estando los hijos de Israel ya establecidos en las ciudades, se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén.

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¿Actores o espectadores?

 

Al disponer el Señor Jesús, de corto tiempo para preparar a sus discípulos, aprovechaba cualquier lugar y momento para instruirles a través de magistrales y edificantes charlas, sobre los negocios del Padre. Animándolos (además) no sólo a creer en Dios, cosa que ya hacían, sino a que creyeran también en Él. (Juan, 14:1) Les dijo también, (entre otras muchas cosas) que nadie podría ir al Padre, si no era a través de Él.

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Acán y el manto babilónico*.

 

 

 

Una vez cruzado el río Jordán, haber circuncidado Josué a todos los varones, y celebrado la pascua, se alistaron los israelitas para comenzar la conquista de la Tierra que el Señor les había prometido.  La primera ciudad que debían tomar era Jericó, y debían hacerlo siguiendo las instrucciones del Señor:

Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. 

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