El Dios sanador.

Según la RAE, la medicina es un conjunto de conocimientos y técnicas aplicadas a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

Y médico es:  La persona con formación profesional en medicina y que cuenta con una licencia que la autoriza a ejercer la profesión, y ayudan a prevenir, diagnosticar, tratar y atender lesiones, enfermedades y otras afecciones.

Y para ello, utilizan medicamentos que se obtienen de una amplia variedad de fuentes. Muchos medicamentos se desarrollaron a partir sustancias de la naturaleza, incluso hoy en día, se siguen extrayendo de las plantas. Los avances en los medicamentos han hecho posible que los médicos curen muchas enfermedades y salven muchas vidas.

Y como muchos cristianos son reacios a acudir a los médicos y a tomar medicinas en caso de enfermedad, alegando (por fe) que el Señor les va a sanar, la Biblia menciona algunos casos en los que el Señor sanó a través de sustancias o productos   de la naturaleza por Él creada, para beneficio del hombre. Recursos, que utilizaron algunos hombres por indicación del Señor.

Veamos tres casos:

El primero de ellos: Moisés, que utiliza un árbol para convertir en potable un agua que era imbebible por su amargura:

E hizo Moisés que partiese Israel del Mar Rojo, y salieron al desierto de Shur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua.

Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.

Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?

Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.   (Éxodo, 15:22-25)

El Señor sabedor (como no) de la solución para endulzar las aguas amargas, aunque la explicación sea muy sencilla para los investigadores, que olvidan, que fue el Señor el que de la nada, creó la tierra y lo que hay en ella. (Gén. 1:31)

La explicación “científica” que se da para este episodio bíblico es la siguiente: “Es común encontrar en desiertos aguas con alto contenido de sulfato de calcio o magnesio, lo que les confiere un sabor amargo y no potable.

Ciertas plantas  poseen compuestos orgánicos o taninos que, al entrar en contacto con aguas ricas en minerales, pueden actuar como agentes quelantes o de intercambio iónico, precipitando los minerales que causan la amargura y haciendo el agua más dulce y potable”.

El Señor simplemente indicó a Moisés, que utilizara los recursos naturales de la zona por Él creados.

El segundo de los casos: El Señor envía, como “médico” al profeta Isaías, para que con una masa de higos (como medicina) sanara al rey Ezequías de una llaga, que se supone era un divieso (forúnculo) maligno.

En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.

Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro.

Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová.

Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.

Y dijo Isaías: Tomad masa de higos. Y tomándola, la pusieron sobre la llaga, y sanó.   (2 Reyes, 20:1-7)

Parece increíble que con una simple masa de higos (una cataplasma) sanara una “infección bacteriana profunda” que se le declaró al rey Ezequías, pero que:

“Científicamente, los higos (especialmente los secos o hervidos) tienen propiedades emolientes, antisépticas y antiinflamatorias, documentadas históricamente para tratar infecciones de la piel y llagas”.

Además, “Los higos contienen azúcares y compuestos que, al aplicarse como cataplasma, pueden ayudar a ablandar la piel, reducir la inflamación y actuar contra la infección”.

De nuevo el Señor, utiliza lo por Él creado para la sanidad del rey Ezequías.

Y el tercero y último caso, lo encontramos en el consejo que le da el apóstol Pablo a su pupilo Timoteo, al padecer este, frecuentes enfermedades y problemas estomacales:

Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades. (1 Timoteo, 5:23)

Porque, “En la antigüedad, el agua a menudo estaba contaminada. El alcohol y los ácidos orgánicos presentes en el vino (especialmente si se mezclaba) actuaban como agentes antibacterianos, reduciendo el riesgo de enfermedades gastrointestinales.

Además, “El vino actúa como un tónico digestivo suave y puede ayudar a aliviar malestares estomacales”.

Asimismo, “Los polifenoles presentes, componentes antioxidantes y antiinflamatorios que posee el vino, ofrecen beneficios terapéuticos, respaldados históricamente por su uso en medicina”.

En los tres casos mencionados, el “tratamiento” a seguir, fue utilizar, los remedios naturales, que el Señor en su infinita sabiduría previó, al ser nuestro sanador, Jehová Rafá. (Éxodo, 15:26)

Aunque muchos de los que confiamos en ser sanados sin necesidad de médicos ni de medicinas, sino solo a través de la fe, solemos comportarnos como el general sirio Naamán, que se ofendió contrariado, al no gustarle “el tratamiento” que le sugirió el profeta Eliseo para ser sanado de la lepra; pero que finalmente, por la insistencia de sus criados accedió ha dicho tratamiento y sanó:

Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo.

Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio.

Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra.

Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado.

Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: ¿Lávate, y serás limpio?

Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. (2 Reyes, 5:9-14)

Porque la fe genuina, no debe cuestionar los medios a utilizar por el Señor para sanar, sino que al dejarlo todo en sus manos, simplemente debemos exclamar:  Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza. (Jeremías, 17:14)

Os saluda Lucas el médico amado, (Col. 4:14)

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

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