Sabios de corazón.

 

Meditando en las instrucciones que el Señor le da a Moisés en el monte Sinaí, al llegar al punto al cual el Señor le indica a Moisés quienes iban a llevar a cabo todo lo que le estaba mostrando, me fijé en algo que anteriormente había pasado por alto. Tal vez el Señor quería  que ahora fuera mi momento. El momento de prestar atención a algo que le dijo a Moisés, y de rebote, que con toda humildad lo digo, me abrió los ojos. Porque si decimos que la Biblia contiene la Palabra de Dios y que esta habla a los hombres convenciendo, corrigiendo y enseñando, además de discernir los pensamientos y las intenciones del corazón, puedo afirmar que a mí también me habla el Señor a través de ella y en este caso me habló sobre los sabios de corazón, que por alto, había pasado:

Harás llegar delante de ti a Aarón tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes; a Aarón y a Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar hijos de Aarón. Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura. Y tú hablarás todos los sabios de corazón, a quienes yo he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón, para consagrarle para que sea mi sacerdote. (Éxodo, 28:1-3)

Así que me pregunté a mi mismo ¿Quién es sabio de corazón para que el Señor se fije en él?

Y al acudir a uno de los tantos diccionarios, la definición más breve que encontré   sobre  lo que es ser sabio,  fue: “Persona que posee conocimientos amplios y profundos adquiridos mediante el estudio, mostrando buen juicio, prudencia y madurez en sus actos y decisiones”.

Pero, en el caso que nos atañe,  parece ser que el Señor iba más allá: Sabios sí, pero de corazón. Como si hablara de una sabiduría diferente a la intelectual; la que probablemente  tiene sus raíces en lo más profundo del ser humano, la sabiduría más que probable  que el Señor insufló en el  hombre al crearlo del polvo de la tierra.

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. (Gén. 2:7)

Porque a partir de ese momento, el hombre creado por Dios, comenzó a obrar según le indicó su creador, quedando bajo su responsabilidad toda la creación; y que a pesar de haberle fallado al Señor que lo creó, tuvo que buscar su presencia continuamente para acrecentar su conocimiento y saber, porque como el principio de la sabiduría es el temor al Señor, como señalan Las Escrituras y como  ese temor reverente lleva  a  guardar lo establecido por el Señor, se establece un punto de partida para ir adquiriendo más y más sabiduría bajo la dirección del Eterno:  Primero creer, para después aprender,  como también señala el salmista:

Enséñame buen sentido y sabiduría, Porque tus mandamientos he creído. (Salmos, 119:66)

El Señor es el único que sabe lo que hay en el corazón del hombre y por lo tanto puede sacar el máximo partido de los hombres que aún sin saberlo, han “entendido su voluntad” al estar inscrita en sus genes.  Y aunque no lo demuestren, se afanan en guardar los dictados de su corazón, como así se puede entender, según  el apóstol Pablo señala:

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio. (Rom. 2:14-16)

Él Señor al llamarles, sabía lo que había en el corazón tanto de Abraham, como de Jacob, o de Moisés, y de tantos otros que en la antigüedad también fueron llamados por el Señor. Llamado que en la actualidad aún continúa. No eran,  ni son llamados aleatoriamente. Sino que lo fueron, porque en ellos, lo que el Creador insufló en el hombre, anhelaba desde lo más profundo de su ser,  salir a la luz.

Hijo mío, si recibieres mis palabras, Y mis mandamientos guardares dentro de ti, 
Haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; Si inclinares tu corazón a la prudencia,
Si clamares a la inteligencia, Y a la prudencia dieres tu voz; Si como a la plata la buscares, Y la escudriñares como a tesoros, Entonces entenderás el temor de Jehová, Y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, Y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia.
(Prov. 2:1-6)

Por lo tanto, parece ser que un sabio de corazón es toda aquella persona que vive, aún sin saberlo, bajo  las normas o lo establecido por el Señor; y al ser llamado,  su capacidad natural  sumada a la  obediencia ininterrumpida a La Palabra de Dios, irá en aumento hasta llegar a conseguir todo aquello que el Señor en su infinita sabiduría ha previsto.

Así, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón a quien Jehová dio sabiduría e inteligencia para saber hacer toda la obra del servicio del santuario, harán todas las cosas que ha mandado Jehová. Y Moisés llamó a Bezaleel y a Aholiab y a todo varón sabio de corazón, en cuyo corazón había puesto Jehová sabiduría, todo hombre a quien su corazón le movió a venir a la obra para trabajar en ella. (Éxodo, 36:1-2)

 Aunque muy bien con sólo dos versículos (no se necesitan más)  se podría conocer quién  es  sabio de corazón:

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida. (Prov. 4:23)  

 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. (Mateo, 15: 19)

 Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga.

¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.  (Santiago, 3:13-17)

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

 

 

 

 

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