El poder del reino de Dios

Al haber llegado a los oídos del apóstol Pablo las “incorrecciones”  que se estaban produciendo en la iglesia de Corinto, se dirige a ellos a través de unas epístolas para corregir los yerros y poner un poco de orden hasta que él les visitara,  recordándoles quien era y en que condición se había presentado por primera vez  ante ellos:

Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Cort. 2:1-5)

Así que dejando a tras todas las recomendaciones, instrucciones y ordenanzas, que se encuentran  en las dos epístolas dirigidas a los corintios, y por ende  a nosotros, vamos a centrarnos muy escuetamente y en la medida de nuestras posibilidades, en el poder del reino de Dios, al que aludía san Pablo en la primera de sus epístolas y que a continuación transcribimos:

Más algunos están envanecidos, como si yo nunca hubiese de ir a vosotros. Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos.

Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder. (1 Cort. 4.18-20)

Así que vamos a ello, porque según el Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, el concepto de poder proviene del latín “posere”,   refiriéndose al verbo que indica la capacidad, facultad o habilidad para llevar a cabo determinada acción.

Entendiendo por lo expuesto, que, lo que san Pablo quería decirnos al mencionar “poder”,  era que había una gran diferencia entre la palabra de Dios y las palabras de  los hombres, por muy persuasivas  o sabias que fueran;   porque la Palabra de Dios tiene la capacidad, soberanía y destreza para  influir tanto en el corazón como en el intelecto del hombre, produciendo    tal  transformación en este, (Efesios, 4:22-24) que a ojos vistas,  puede y debe comprobarse el resultado.

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. (Hebreos, 4:12-13)

Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. (Rom. 10:17)

Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. (Juan, 15:3)

Aunque algunos, más bien,  acomodan la palabra  “poder”  al vocablo griego “dunamis” la cual dio origen a la palabra “dinamita”,  y aunque tiene el mismo significado en griego que en latín,  muchos aseguran que el evangelio es  pura fuerza expansiva  al igual que la dinamita, y está bien, pero el Señor, cuando se mostró al profeta Elías, que atemorizado estaba oculto en una cueva,  no lo hizo por medio de estruendo o explosión alguna, sino a través de un silbo apacible:

Él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías? (1 Reyes, 19:11-13)

Así que,  parece ser, que como el  reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, (Rom, 14:17) ya  limpios (se supone) por su Palabra, el poder de Dios opera con mucha suavidad   y discreción  en nosotros;   ayudándonos  a despojarnos de todo aquello que nos impedía no solo ver, sino entrar y disfrutar del  reino Dios.

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios. (1 Cort. 6:9-11)

Porque de lo que se trata, es que a través de la poderosa palabra de Dios, haya un cambio radical en nosotros, y aunque  nos gustaría más bien,  que el poder de Dios se manifestara a través de prodigios, maravillas y milagros, (y que a menudo  es así )  el Señor dejó dicho que buscásemos primeramente el reino de Dios y su justicia, (Mateo, 6:33)  porque al hacerlo, todo lo demás vendría por añadidura, incluso el anhelado “poder del Reino”, además de cubrir nuestras necesidades diarias.

Así que sería bueno, que dejáramos que el “posere”  de Dios nos cambiara, para poder después cambiar las cosas con el “dunamis” de Dios.

 Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén (1 Pedro, 4:11)

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios

 

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