Lo tercero, MAESTROS. (1 Cort. 12:28)

Reflexionando en los tradicionales cinco ministerios (en este tiempo de confinamiento hemos tenido mucho tiempo para reflexionar)   me he dado cuenta que prácticamente habían desaparecido de los medios, los apóstoles, profetas y evangelistas; cuando unos meses atrás eran continuos sus mensajes a través de Tv, YouTube, Facebook y otros.

Lo que si he visto salir a luz y ocupar los primeros lugares en algunos medios como ZOOM, Skype y similares, han sido a los pastores y  a los maestros. Los primeros porque se interesaban por la salud y por las necesidades espirituales y materiales de los hermanos; los segundos,  para ayudar a los creyentes a conocer más de la voluntad de Dios para sus vidas a través de la Palabra, con la  imprescindible ayuda  del magisterio del Espíritu Santo. (Juan, 14:26) 

Por lo que me gustaría detenerme un poco más en el “ministerio” de maestro, que al igual que los demás ministerios, es un servicio que se le da a la iglesia para edificación. (Efesios, 4:11-12) Por lo tanto, alguien que ejerce este  ministerio,  es alguien que está activo en el servicio al Señor y a los demás. (Rom. 12:5-8)

Así que, veamos de manera abreviada la función de los distintos ministerios:  La función del  apóstol enviado por Dios, es la de poner fundamentos bíblicos estableciendo sana doctrina; la del profeta, anunciar y denunciar tanto las carencias como los defectos en la iglesia; la del evangelista, anunciar y dar a conocer las Buenas Nuevas con señales y milagros, para tocar y sanar vidas; la del pastor, cuidar y proveer para las necesidades de los hermanos; la  función del maestro, es la  de formar y preparar discípulos, con la finalidad que se adquiera el conocimiento necesario,  para discernir lo bueno de lo malo y mantenerse firme en lo establecido por Dios, en  su Palabra.

Generalmente llamamos maestro a toda persona que enseña, ya sea a través de la docencia  como profesión o a través de su destreza  en el arte, la artesanía o a través de su dilatada experiencia  profesional.

Aunque parece ser, para una gran mayoría un maestro es aquella persona que enseña, educa y  prepara a los niñ@s hasta la adolescencia. Luego llamamos profesores a quienes enseñan en niveles superiores. Pareciendo lo mismo, ambos términos no son iguales. El profesor es la persona que enseña un conjunto de saberes; el maestro es aquel al que se le reconoce una habilidad extraordinaria en la materia que instruye. El ejemplo lo tenemos en Jesús, el  Maestro de Galilea que enseñaba con autoridad:

Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les enseñaba en los días de reposo.  Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad. (Lucas, 4:31-32) 

Desmenuzan  de tal manera los maestros la Palabra de Dios, que nadie que “la escuche” con atención, queda indiferente. Porque el anhelo de todo maestro es que su enseñanza quede anclada tanto en la mente como en el corazón del discípulo, para que llegado el momento, pueda, con lo aprendido, mantenerse seguro y firme en la fe, que es en Cristo Jesús:

Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido;  y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,  a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. (2 Tim. 3:16-17)

Así que entendiendo que no todo el que enseña la Biblia es un maestro, sino que lo es,  el que bajo  la dirección del Espíritu Santo, al abrirle paso, cual espada de dos filos, a La Palabra de Dios,  instruye, capacita y guía a los creyentes para que esta (La Palabra) como medio vivo y eficaz que es, no vuelva vacía al que la envió, sino que germine, produzca y prospere en todos aquellos que la reciben:

Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come,  así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. (Isaías, 55:10-11)

Por lo tanto,  no se trata de tener conocimiento (poco o mucho) del griego y del hebreo, que si se tiene,  mejor que mejor; de lo que se trata es de haber sido llamado  por el Señor  para el ejercicio de este importante (aunque no llamativo) ministerio, para que “grandes y chicos” puedan con la ayuda del Espíritu Santo entender y asumir cuál es la voluntad de Dios para su pueblo.  

Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…..  Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. (Hechos, 13:1-2)

Porque tanto los profetas que viendo, ven, y los maestros que entendiendo, enseñan, son los que utiliza el Espíritu Santo,  para enviar  a  aquellos que son útiles para dar a conocer a las gentes, las Buenas Nuevas  de Salvación en Cristo Jesús.

Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!  (Rom. 10:15)

Que Dios bendiga a  todos aquellos  maestros que desde el anonimato (los poco conocidos)  con paciencia, sencillez y humildad, dedican su tiempo a instruir a los que aman a Dios.

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

Un comentario sobre “Lo tercero, MAESTROS. (1 Cort. 12:28)

  1. Hno. que importante es en estos tiempos enseñar bien la Palabra (que uses bien la Palabra de Verdad, 2 Tim. 2:15) un mandato dado por Pablo a Timoteo, posiblemente pastor a los Corintios en aquel tiempo.
    Seguimos bien gracias a Dios, ya algunas iglesias comenzaron su reuniones (con las medidas que ya conoces)
    Saludos.

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