Ordena tu casa

 

Estuve recientemente acompañando a un pastor amigo al que habían invitado a compartir La Palabra en una localidad cercana a la mía. Palabra la que expuso mi amigo,  que me hizo reflexionar  sobre la importancia de tener siempre “ordenada la casa” y no me refiero a tener en optimas condiciones de limpieza  y orden,  nuestro hogar. Si no a nosotros mismos,  a la “casa” mencionada en la segunda epístola dirigida a los corintios:

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. (2 Cort. 5:1)

Comenzó mi amigo, el pastor Smith,  su exposición hablándonos del rey Ezequías de Judá, de lo bien que había hecho todas las cosas, (2 Cron. Capítulos del 29 al 32)  de cómo había abierto y restaurado las puertas  del templo de Jehová que su padre había cerrado y como lo había limpiado, a la vez que  restablecido  el servicio sacerdotal y levítico, que también su padre había hecho que cesara. Y como animó a los israelitas a volver a Jehová, y a celebrar todos juntos en Jerusalén la pascua que durante mucho tiempo,  no se había celebrado.

De esta manera hizo Ezequías en todo Judá: y ejecutó lo bueno, recto, y verdadero, delante de Jehová su Dios. En todo cuanto emprendió en el servicio de la casa de Dios, de acuerdo con la ley y los mandamientos, buscó a su Dios, lo hizo de todo corazón, y fue prosperado. (2 Cron. 31:20-21)

Pero lo que más me sorprendió, fue cuando después de relatarnos todo lo bueno que había hecho el  joven  rey Ezequías, nos dijo que buscásemos en el  segundo libro de Reyes el capítulo veinte y leyéramos el siguiente versículo:

En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. (2 Reyes, 20:1)

Una vez leído, no añadió mucho más, sólo una frase para que nos quedara en la memoria: Los que hacen bien las cosas también enferman.

Frase esta que a muchos no les va a gustar y que otros estarán en total desacuerdo, porque va en contra de las muchas  enseñanzas que se oyen.

Aunque lo que me impactó y me hizo reflexionar, fue lo de “ordenar la casa” porque lo que no sé  con certeza,  es que si los que hacen lo bueno pueden o no, enfermar; pero lo que sí sé,  es que los que hagan lo bueno, al igual que los que hagan lo malo, morirán. Porque así está establecido por el Señor (Hebreos, 9:27). Aunque (eso sí que también  lo sé) al pasar por ese trance,  nos les va a suceder  a los unos, lo mismo que a los otros.

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:28-29)

Así que, (es lo que creo)  cuando el Señor le dijo  al rey Ezequías que ordenara su casa porque iba a morir, no se trataba sólo de hacer testamento y de poner en orden cualquier asunto que tuviera pendiente, sino también (lo más importante) de poner en orden su relación con Dios. Porque ejemplo tenemos:

También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios. (Lucas, 12:16-21)

Ya que (aunque no todos)  al darle prioridad a   las cosas materiales, las espirituales,  se suelen dejar casi exclusivamente para los  servicios religiosos, y entre ellos, para el  culto o servicio  dominical. Y que si en  esas ocasiones (como me sucedió a mí) si no nos las recordasen, cuando vinieran a pedirnos el alma, desprevenidos nos hallarían.

Porque lo que espera el Señor (es lo que entiendo) de sus hijos, no es que se acuerden de él en ocasiones puntuales y menos aún que lo utilicen para su propio beneficio. Sino que lo tengan en cuenta en todo y para todo; que la relación con Él,  sea fluida y recíproca; porque a menudo se hacen cosas en su nombre y para su gloria, que no son ni en su nombre y menos para su gloria, sino para nuestra propia gloria y honra.

Como le sucedió también al rey Ezequiel, que al visitarle unos enviados del rey de Babilonia al haberse enterado  de que había estado enfermo, nos les habló de cómo y quién le sanó, sino que orgulloso, se limitó a mostrarles todo lo que había conseguido, sin mencionar quien le había ayudado a conseguirlo.

Y tuvo Ezequías riquezas y gloria, muchas en gran manera; y adquirió tesoros de plata y oro, piedras preciosas, perfumes, escudos, y toda clase de joyas deseables. Asimismo hizo depósitos para las rentas del grano, del vino, y del aceite; establos para toda clase de bestias, y apriscos para los ganados. Adquirió también ciudades, y hatos de ovejas y de vacas en gran abundancia; porque Dios le había dado muchas riquezas. Este Ezequías cubrió los manantiales de Gihón la de arriba, y condujo el agua hacia el occidente de la ciudad de David. Y fue prosperado Ezequías en todo lo que hizo.  Mas en lo referente a los mensajeros de los príncipes de Babilonia, que enviaron a él para saber del prodigio que había acontecido en el país, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón. (2 Cron. 32: 27-31)  

Porque más a menudo de lo pensamos o creemos, nos comportamos como Ezequías, que orgullosos  mostramos todo lo que hemos conseguido, (a nivel espiritual me refiero)   pero sin darle la Gloria  al que lo ha hecho posible. De ahí que el Señor,  porque para siempre es su misericordia,  nos recuerde (al menos a mí) que ordenemos nuestra casa, nuestra vida, en caso de tenerla algo desordenada,  porque, aunque no sabemos cuándo,  de cierto,  el Señor, cualquier día,  nos puede llamar a su presencia. Así que:

Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles. Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son aquellos siervos. (Lucas, 12:35-38)

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

 

 

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