Aprender a enseñar.

 

 

Tuve la oportunidad, no hace mucho tiempo,  de oír a un maestro (de escuela) contar algunas de sus gratas y no tan gratas experiencias durante su tiempo de docencia. Entre otras cosas, puntualizó dicho maestro,  que “la docencia no solo consiste en la transmisión de conocimientos a los más jóvenes, sino que conlleva la responsabilidad y satisfacción de tocar vidas”.

Añadiendo que “tuvo que aprender a enseñar desde la mente  del que aprende” para obtener mejores  resultados a lo largo de su labor como docente.  Frase esta que me hizo recordar a nuestro Maestro el Señor Jesús, que siempre acomodaba su enseñanza a la situación  en que se encontrara, fuera la que fuera, como por ejemplo:

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; más aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. (Lucas, 7:36-48)

Según esta porción del Evangelio de Lucas,   el Maestro de Nazaret tuvo que desmontar  con toda naturalidad  y de manera magistral,  desde la mentalidad del fariseo,   la opinión  que de él se había formado;  a no juzgar con ligereza a sus semejantes y  el significado del sustantivo misericordia, cualidad de la que Simón carecía.  Lección esta que no podemos saber a ciencia cierta si el fariseo Simón asumió, pero que a nosotros sí que nos puede ayudar para seguir aprendiendo de nuestro Maestro  el Señor Jesús,  para así,  “aprender a enseñar”.   Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. (2 Tim. 4:3-4)

Y eso no va a ser bueno. Así que, de nosotros depende.

 

¿Podrías pensar en ello?

 

 

 

 

 

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