Honrando a los que el Señor envía.

Conozco a un varón al que el Señor, años atrás, instó ante numerosos testigos a que visitara un determinado país para que conociera allá a “su pueblo”.

Le dijo además, que muchos pastores allí, necesitaban ser consolados por él, y que al regresar, vendría transformado en otro hombre.

Sé, porque tengo una estrecha relación con esa persona, que hizo el viaje en obediencia al Señor. Y no solo ese viaje, sino que han sido varios los que ha realizado al mismo país en la última década, invitado por distintas denominaciones e iglesias.

Pues bien, al regresar del último (viaje) tal cómo solemos hacer, nos reunimos algunos pastores (los más cercanos) para que nos contara como le fue. Nos relató los lugares que visitó, los nuevos hermanos que conoció y cómo se manifestó el Señor en los distintos lugares donde tuvo la oportunidad de compartir La Palabra de Dios.

Mientras nos explicaba lo acontecido, uno de los pastores, le hizo la siguiente pregunta: ¿Te han honrado y bendecido…? Que fue respondida por el varón en cuestión con otra pregunta: ¿Qué quieres decir con honrarme y bendecirme? … Pues si en alguno de los lugares en donde compartiste La Palabra, como obrero de Dios que eres y enviado por Él, levantaron una ofrenda para ti…

Nos dijo que no, debido a la falta de medios en algunos lugares y en otros a la mucha escasez.

Insistió este pastor diciendo que el Señor estableció que el obrero, sus obreros, son dignos de su salario; y los que no cumplen con esa parte de su voluntad, se están perdiendo mucha bendición de Dios.

Nos recordó lo acontecido a Elías con la viuda de Sarepta, que al ofrecerle al profeta lo poco que tenía, simplemente por ser un siervo de Dios, no pasó ninguna necesidad, mientras otros sí que la pasaron.

Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo:
Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente.
Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.
Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.
Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir.
Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.
Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.
Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.
Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías.   
(1ª Reyes, 17:8:16)

Y así quedó la cosa; seguimos hablando.., pero ya de otros temas.

He querido compartir parte de la distendida conversación que mantuvimos frente a una humeante taza de café, por si tal vez, lo que nos dijo José Ángel (el pastor que hizo la pregunta) viniera “de más arriba” para que comprendiésemos y a la vez abrirnos los ojos, a la importancia de honrar a los que Dios envía en la medida de nuestras posibilidades, (que las tenemos) sin ningún tipo de evasivas o excusas; para que al bendecirles, pudiera desaparecer (al igual que a la viuda de Sarepta) la necesidad y penuria de la Iglesia. Porque gran parte de ella se ha convertido en una iglesia pedigüeña, pidiendo siempre ser bendecida (económicamente) pero no estando dispuesta a bendecir.

Ahora bien, se que algunos se pueden aprovechar y de hecho se aprovechan “de que hay que bendecir a los que Dios envía”, pero precisamente los que se aprovechan (Eze. 34:8-10)   son los que el Señor no envía, sino “que se envían ellos mismos” exigiendo diezmos, ofrendas y prebendas, y esta es la diferencia entre unos y otros.

Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante. (Lucas, 10: 7-8)

De lo que se trata es, que si el obrero es digno de su salario, no se le puede negar, sea poco o sea mucho, porque trabaja para el Señor, insisto, si es el Señor quien lo envía.   (1ª Cort. 9:7)

Porque al honrar y bendecir a los que el Señor envía, honramos y bendecimos al mismo Señor. Por lo tanto, el resultado de esta acción, es: Más bendición.

De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. (Juan, 13:20)

…Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.  (Santiago, 4:17)

Así que, el que lea, entienda.

Para terminar me gustaría recomendarles el siguiente artículo: EL SALARIO DEL OBRERO, de esta misma web, en el que expongo mi particular experiencia sobre este tema.

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

 

 

 

2 comentarios sobre “Honrando a los que el Señor envía.

  1. Esto es algo, de lo que debemos ser muy consciente, sobre todo aquí en este país, no nos debemos de cansar de bendecir a los que nos ministran. Antonio muchas gracias y un abrazo.

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