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Médico, cúrate a ti mismo

Uno de los principales motivos que nos impiden ver la gloria de Dios es la incredulidad. Tal como lo dejó reflejado en distintas ocasiones el Señor Jesús.

Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?
No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.
Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.
Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?
[versi]43 5:43-47[/versi]

Incredulidad, que no es ni más ni menos, que la dificultad o reserva que tenemos las personas para creer lo que vemos,  lo que nos cuentan,  o lo que nos dicen.

Y esto se debe, refiriéndonos a “los creyentes” a que generalmente nos fijamos más bien en el mensajero, que en el mensaje que nos pueda traer “alguien”, de parte de Dios. Y no me refiero a los muchos profetas itinerantes que pueblan el mundo evangélico. Sino a todos aquellos que en verdad el Señor utiliza y no tienen el glamour que se espera de alguien que viene en el nombre del Señor.

Porque no se acepta (generalmente) el mensaje si antes no se acepta al mensajero.

Al igual que le sucedió a Jesús en su propia tierra, al exponer con toda firmeza y naturalidad, ante su asombrados conciudadanos, la labor que le había encomendado su Padre celestial. Y que a continuación transcribimos:

Vino a Nazaret, donde se había criado; en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer.
Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. 

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
Comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?

El les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.
Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
[versi]42 4:16-30[/versi]

La verdad es que aún se sigue haciendo lo mismo con los hombres que el Señor envía, porque se atiende más al currículo que les pueda preceder, que al mensaje que puedan traer de parte del Señor.

Y si este, el currículo, es extenso en logros y acreditado por diversas instituciones u organizaciones, nos predisponemos a aceptar el mensaje aún sin conocerlo.

Pero, en caso de que el currículo conste de pocos logros, o que no exista currículo alguno, la predisposición será contraria a aceptar el mensaje, incluso a ni querer conocerlo.

Que es lo que le sucedió al Señor Jesús, que a pesar de tener un buen testimonio y que de su boca salían palabras de gracia, (como hemos leído en [versi]42 4:22[/versi]) era hijo de José el carpintero, por lo tanto, con ese currículo tan pobre y sin el respaldo de alguna organización de renombre, como por ejemplo los fariseos, no había garantía de que su mensaje viniera de Dios.

Rechazando el mensaje del Hijo de Dios, porque en sus religiosas mentes, no cabía un mensajero con esas características y con tan dudosa preparación. Instándole, aunque no se lo dijeran, pero que el Señor sabía, a qué se aplicara a si mismo lo que se supone les iba a exponer. Adelantándoseles Jesús con la tan manida frase: MEDICO, CÚRATE A TI MISMO.

Y recordándoles a la vez, lo acontecido a la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. Que sin tener real conocimiento del Dios de Israel, ni pertenecer al pueblo escogido por Dios, recibieron, al creer en los enviados y en el mensaje del Señor, la bendición de ese Dios que no conocían. Y que ninguno de los que (israelitas) se suponía tenía conocimiento de Dios, por su incredulidad, recibió bendición alguna.

Porque de lo que se trata, no es de tener conocimiento de Dios, sino de creerle, a pesar de que el que nos traiga su mensaje no nos parezca la persona adecuada. Lo adecuado en todo caso debe ser el mensaje.

Pero en nuestras (religiosas) mentes, la imagen que nos hemos formado, a través de los mencionados currículos, es más importante de lo que solemos admitir, para aceptar o rechazar al mensajero, y si encima es “hijo de carpintero” sobran las palabras, a pesar de que tenga buen testimonio y palabras de gracia.

Estando, tal vez sin pretenderlo, haciendo acepción de personas, [versi]44 10:34-35[/versi] al creer, que el Señor sólo habla a través de determinadas personas, cuando Él solo habla a través de su Hijo Jesucristo y este, de lo que le oye al Padre. [versi]43 12:49[/versi]

Y que a su vez, el Señor Jesucristo escoge a los que él quiere para que lleven su Palabra (mensaje) a otros. Y escogió a algunos que (aunque ahora que conocemos lo que les aconteció, los veamos de otra manera) dejaban mucho que desear, sin experiencia, preparación y probablemente sin vocación para lo que habían sido escogidos. [versi]41 3:13[/versi]

Y esto se debió a que el Señor al contrario que nosotros, no mira lo que está delante de sus ojos ni su currículum, sino el corazón, el hombre interior. Hombre interior que en ocasiones no ve ni un Samuel con toda su experiencia.

Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido.
Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.
[versi]9 16:6-7[/versi]

Por lo tanto, tal vez, deberíamos fijarnos menos en los mensajeros y sin perder de vista La Palabra de Dios (Hechos, [versi]44 17:11-12[/versi]) dada por Jesucristo, atender todo mensaje que el Señor quiera darnos, a través del mensajero (nos guste o no) por Él escogido. Para no perdernos la bendición del Padre.

Porque lo importante es el mensaje y no el mensajero.

Como frío de nieve en tiempo de la siega, Así es el mensajero fiel a los que lo envían, Pues al alma de su señor da refrigerio. [versi]20 25:13[/versi]

Así que, como tantas veces añado al final de un artículo, de nosotros depende.

 

Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.

3 comentarios sobre “Médico, cúrate a ti mismo

  1. Gracias Pastor por esta nueva reflexión en y con la palabra de Dios. Nuestra tendencia mundana de juzgar el contenido en relación al contenedor. Bendiciones.

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