Llegaron más personas, y a la hora acordada, el pastor dio comienzo al servicio. Observé el esfuerzo del pastor, para “levantar el ánimo” de los asistentes para que participaran en la adoración y la alabanza; tuve la impresión que faltaba “ese necesario fluir” entre los asistentes y el pastor, y (en mi opinión) no lo consiguió.
Mi exposición de la Palabra también fue plana, como “para cumplir”. ¿Me afectaría también el ambiente?
Pensativo me fui a casa, porque no vi, ni los abrazos, ni las sonrisas que suelen acompañar a los congregantes en estas celebraciones dominicales. (Salmos, 100)
Y no sé si fue el Señor, pero me vino a la mente que un espíritu de apatía se había apoderado de esa congregación, afectando, por ende, a los visitantes.
Pero, ¿Qué es la apatía?
La apatía (en síntesis) es un estado de falta de motivación, energía y emoción. “Se manifiesta como una indiferencia persistente hacia actividades, relaciones sociales o metas que antes interesaban”. Y que (según la medicina) habitualmente, la apatía, no tiene una causa orgánica claramente identificable.
Los Síntomas más comunes son: “Desgana constante y aburrimiento crónico, aplanamiento, aislamiento social y desinterés por el entorno”.
La apatía espiritual.
Al tener la apatía espiritual, síntomas similares a la ya mencionada “apatía médica”, podríamos considerar apropiarnos de algunos de sus síntomas, como el desinterés, el aburrimiento y el retraimiento.
La apatía espiritual, es sutil, silenciosa y penetrante. No te das cuenta de su presencia hasta que un día, a pesar de congregarte regularmente, percibes que no sientes nada hacía Dios, ni hacia su Palabra y que te aburres ante actividades en las que antes disfrutabas. (Mateo, 15:8)
La apatía espiritual es un “demonio de indiferencia” que poco a poco, va endureciendo nuestros corazones, hasta hacer decaer nuestra rutina (devocional) diaria, haciéndonos insensibles al Señor y a su Palabra, con el propósito que olvidemos todo lo que el Señor, ha hecho por nosotros, es decir, su obra; destruyendo así, nuestra relación con Dios.
No guardaron el pacto de Dios, ni quisieron andar en su ley; Sino que se olvidaron de sus obras, y de sus maravillas que les había mostrado. (Sal. 78:10-11)
Olvidaron al Dios de su salvación, que había hecho grandezas en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, cosas formidables sobre el Mar Rojo. (Sal. 106:21-22)
Olvidamos todo lo que ha hecho Dios por nosotros, porque “el espíritu de apatía” como indolente (insensible) que es, nos incita a “relajarnos” delante del televisor, en lugar de orar; a preferir navegar por las redes sociales, en vez de leer la Biblia y a apartarnos de los hermanos en vez de congregarnos con ellos”. Esa indiferencia nos insta a pensar que “todo lo espiritual es una carga” para que, (poco a poco) vayamos alejándonos de todo lo relacionado con el Señor y su Iglesia.
La apatía espiritual, que es un demonio (ya dicho) de indiferencia, puede afectar incluso (en un momento determinado) al cristiano más sincero, pero, es necesario, si se desea continuar caminando con el Señor, superarla.
Pasé junto al campo del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; Y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían ya cubierto su faz, y su cerca de piedra estaba ya destruida. Miré, y lo puse en mi corazón; Lo vi, y tomé consejo. Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo mano sobre mano otro poco para dormir; Así vendrá como caminante tu necesidad, y tu pobreza como hombre armado. (Prov. 24:30-34)
Causas de la apatía.
Una de las causas de la apatía espiritual es el pecado en la vida del creyente. Un creyente sincero, que se sienta espiritualmente apático y quiera dejar de estarlo, debe confesar cualquier pecado conocido y pedir la limpieza y renovación de Dios.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. (Salmos, 51:10-12)
Otra causa de la apatía espiritual es permitir que la rutina, reemplace el verdadero amor por la obra de Dios; porque es posible obedecer al Señor y hacerlo de una manera desprovista de amor y sin vida. Ese servicio mecánico no agrada a Dios, porque, el que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. (Santiago, 4:17)
El Señor amonestó a la iglesia de Éfeso, por haber dejado su primer amor; conocía la Palabra, pero servía Dios de manera ritual, mecánica y sin vida:
Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.
Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. (Ap. 2:2-4)
Pablo escribió a la misma iglesia elogiándolos por su amor, (Efesios, 1:15-16) pero ahora, unos treinta años después, habían abandonado su primer amor. Su pasión había disminuido. ¿Qué pudo haber pasado? Quizás los efesios se habían acomodado por lo conseguido, y “vivir para Cristo” ya no era esa aventura diaria que les motivaba, y el servicio a Cristo, se volvió monótono y aburrido, es decir apático. La iglesia de Éfeso conocía las enseñanzas de Cristo, pero no vivían en Su poder. Al hacerlo, perdieron su vibrante amor y pasión por Cristo. De ahí la amonestación de Dios, porque, dice el Señor:
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. (Apoc. 3:15-16)
¿Entonces, cuál es la solución, para convertir la apatía espiritual en un amor y una pasión renovados por Jesucristo?
En primer lugar, la persona espiritualmente apática, necesita echar la vista atrás; es decir, debe pensar en el momento en que sintió la calidez y la cercanía de la presencia de Cristo en su vida, para desear volver a ese estado de comunión.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente. (Salmos, 51:10-12)
Luego necesita arrepentirse; es decir, necesita ver su apatía espiritual, como pecado (que lo es) y confesar ese pecado al Señor (1 Juan 1:9). Por último, necesita cambiar; es decir, debe cultivar un compromiso renovado con el Señor, no solo sirviéndole, sino relacionándose y teniendo comunión con Él. Y en caso de haberlo interrumpido, comenzar de nuevo la lectura diaria de la Biblia y la oración. Dejando que el Espíritu Santo que mora en él, le instruya, guie y capacite, además de tener comunión con una iglesia local que tenga sana doctrina.
Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (Hebreos 10:24-25).
Y a medida que comencemos a adorar y alabar al Señor y dejemos que Cristo controle nuestras vidas cada día, redescubriremos a través del Espíritu Santo, una vida de aventura, llena de gozo y propósito eterno. Y tal vez, algún día, lleguemos a preguntarnos: ¿Cómo fue posible, haber podido llegar a ser espiritualmente apático?
Pues simplemente porque…:
Faltó el gozo y faltó la oración; no fuimos agradecidos con el Señor y apagamos al Espíritu; no tuvimos en cuenta La Palabra, ni retuvimos lo bueno de Dios y, además, coqueteamos con el adversario.
Cuando La Palabra de Dios nos insta a todo lo contrario:
Estad siempre gozosos. Orad sin cesar.
Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.
No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías.
Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.
Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. (1 Tesa. 5:16-23)
Que la Gloria sea siempre para nuestro Dios.